Tres claves decisivas para el crecimiento espiritual

La sublime tríada formada por el ayuno –o mortificación de los sentidos y apetitos–, la oración  –de todo tipo– y la limosna –u obras de caridad de cuaqluier clase– es el pìlar fundamental para avanzar en el camino de la santidad, de la perfección que lleva a la salvación, a la gloria, paz y felicidad de la vida eterna.

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Ciertamente, si una persona asegura por la oración su relación con Dios, por el ayuno su libertad del mundo, y por la limosna su caridad al prójimo, en esa triple coordenada hallará el espacio de gracia más idóneo para su crecimiento en Cristo.

—El ayuno es restricción del consumo del mundo, es privación del mal, y también privación del bien, en honor de Dios. Hay que ayunar de comida, de gastos, de viajes, de vestidos, lecturas, noticias, relaciones, televisión y prensa, espectáculos, actividad sexual (1 Cor 7,5), de todo lo que es ávido consumo del mundo visible, moderando, reduciendo, simplificando, seleccionando bien. La vida cristiana es, en el más estricto sentido de la palabra, una vida elegante, es decir, una vida personal, desde dentro, que elige siempre y en todo; lo contrario, justamente, de una vida masificada y automática, en la que las necesidades, muchas veces falsas, y las pautas conductuales, muchas veces malas, son impuestas por el ambiente, desde fuera. Es únicamente en esta vida elegante del ayuno donde puede desarrollarse en plenitud la pobreza evangélica.

—La oración hace que el hombre, liberado por el ayuno de una inmersión excesiva en el mundo, se vuelva a Dios, le mire y contemple, le escuche y le hable, lea sus palabras y las medite, se una con él sacramentalmente, celebre con alegría una y otra vez los misterios sagrados de la Redención. Pero sin ayuno, sin ayuno del mundo, si se está cebado en sus estímulos y atractivos, no es posible la oración. Es el ayuno del mundo lo que hace posible el vuelo de la oración. Cualquiera que tenga oración sabe eso por experiencia. Y a su vez, sin oración, sin amistad con el Invisible, no es psicológica ni moralmente posible reducir el consumo de lo visible. Es la oración la que posibilita el ayuno y lo hace fácil.

—La limosna, finalmente, hace que el cristiano se vuelva al prójimo, le conozca, le ame, le escuche, le dé su tiempo y su atención, y le preste ayuda, consejo, presencia, dinero, casa, compañía, afecto. Pero difícilmente está el hombre disponible para el prójimo si no está libre del mundo y encendido en el amor de Dios. El cristiano sin oración, cebado en el consumo de criaturas, no está libre ni para Dios por el ayuno, ni para los hombres por la limosna. Está preso del mundo, está perdido, está muerto.

Ya se ve, según esto, cómo oración, ayuno y limosna se posibilitan y exigen mutuamente, forman un triángulo perfecto, en el que cada lado sostiene los otros dos, un triángulo sagrado que abre la vida del cristiano a todas sus dimensiones fundamentales. Por eso, digo, parece ser una doctrina tradicional en la Iglesia que oración, ayuno y limosna son los tres consejos evangélicos más adecuados para intensificar en los laicos su consagración a Dios por el bautismo.

Algunos ejemplos para obligarse con Dios.-

Hay muchas formas diversas, inspiradas por la gracia divina, para establecer determinados vínculos de compromiso obligatorio con Dios. Puede un cristiano adherirse a una asociación en la que hay, sin más, un reglamento de deberes. Puede afirmar con un voto su fidelidad a ese conjunto de deberes. Puede comprometerse con un acto de consagración personal a cumplir los estatutos de una asociación. Y si el cristiano no tiene la ayuda de una asociación, puede establecer él solo o con su director espiritual una regla de vida personal, comprometiéndose con voto a guardarla, o puede limitarse a realizar uno o dos votos, con la intención de asegurar una o dos cuestiones fundamentales de su vida espiritual. O también puede integrarse en una comunidad en la que todos sus miembros hacen ciertos votos, pero cada uno los suyos propios, según su gracia y sus posibilidades.

Las posibilidades, evidentemente, son muy diversas; cada una tiene sus ventajas e inconvenientes, y todas son buenas. En todo caso, cada laico cristiano que aspire de verdad a la santidad debe plantearse en conciencia la conveniencia de asegurar y estimular su vida espiritual con alguna de esas fórmulas de compromiso moral.

Aunque las obligaciones espirituales, libremente establecidas, pueden ordenarse útilmente de varios modos, como hemos visto, aquí sugiero algunas, como ejemplo, en torno a la tríada sagrada de la conversión cristiana:

-Oración. Misa diaria, o al menos comunión diaria. Preparación o meditación de la Misa con un Misal de fieles. Confesión quincenal o mensual. Lectura espiritual. Ciertos actos diarios de consagración o devoción personal. Rezo del Ángelus y del Rosario, si es posible en familia, Laudes y Vísperas. Visitas al Santísimo, Adoración Nocturna. Dirección espiritual. Asistencia a Retiros, primeros Viernes, Ejercicios espirituales anuales. Jaculatorias y oración continua. Etc.

-Ayuno. Moderación total en comida, vestidos, sueño, cuidados corporales. Limitar curiosidades vanas, en charlas, medios de comunicación, lecturas. Uso de la televisión -no verla, no verla nunca solo, no ver si no lo elegido previamente en programa-. Austeridad en gastos y adquisiciones, eliminación de lujos, restricción o supresión de las ocasiones peligrosas -espectáculos, revistas, bailes, piscinas y playas, ciertos viajes-. Alejarse de costumbres mundanas -en planes de vacaciones, conducta entre novios-. Etc.

-Limosna. Dedicaciones de tiempo y de trabajo, en la familia, en el estudio, en el centro laboral. Ayudas materiales -económicas, serviciales- al prójimo. Posibles diezmos. Ayudas espirituales al prójimo, en casa, en catequesis, en la parroquia y otras asociaciones. Colaboración con grupos apostólicos o benéficos. Cuidado de ancianos y enfermos. Procura de familia numerosa. Servicios al bien común de la sociedad civil, de la Iglesia. Etc.

 

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